viernes, 1 de julio de 2011

ROLLO FE

ROLLO FE

Esquema Rollo
 


1.      OBJETIVOS
1.1.   Mostrar que le fe es el “seguimiento” de Jesús, hacerse discípulos suyos.
1.2.   Existe una llamada de Dios que precisa una respuesta del hombre que compromete toda la vida.
1.3.   Dejar claro que la fe es un Don gratuito de Dios y que al aceptarlo libremente el hombre, Dios se compromete para siempre.
1.4.   Dejar en claro que “tener fe” es sentirse un miembro vivo del pueblo de Dios, que es el lugar donde se aprende a vivir la fe.
1.5.   Mostrar que la oración, especialmente litúrgica, es el medio de conservar la fe.
1.6.   Mostrar el inmenso poder de la oración y de las “palancas”, como un medio de vivir la comunión de los santos.
1.7.   Mostrar que la fe sin obras es fe muerta.

2.      SITUACIÓN
2.1.   Es el cuarto rollo del primer día del Cursillo.
2.2.   Los rollos anteriores, básicos en la etapa de proclamación han creado en el participante por una parte ilusión e interés, pero al mismo tiempo una cierta intención de evasiva, de evitar comprometerse.
2.3.   La hora en que se da este rollo no es la más agradable. Lo que dificulta en gran medida su exposición.

3.      TÉCNICA
3.1.   No debe durar más de una hora.
3.2.   Como complemento del rollo Gracia, debe darse en forma clara y con planteamientos definitivos. Aquí se acentúa la respuesta del hombre a la iniciativa de Dios.
3.3.   Debe ser un rollo fuertemente vivencial, mostrando la alegría, el optimismo y la confianza de quien se ha comprometido con el Señor, estimulando la respuesta personal de los participantes.
3.4.   Al final de este rollo deben presentarse “las palancas” explicando claramente en que consisten y por que las llamamos así. Deben presentarse en forma natural, evitando caer en exageraciones o sentimentalismo sin sentido. Se trata de informar con sencillez la realidad del Amor Cristiano y mostrar al participante que es efectiva la solidaridad cristiana dentro del Pueblo de Dios.
3.5.   Según las circunstancias dejar “las palancas” sobre la mesa para ser vistas por quien lo desee.

4.      IDEAS CLAVE
4.1.   Ante la manifestación y llamada de Dios sólo caben dos posibilidades: aceptación o rechazo.
4.2.   La aceptación es una decisión fundamental de entrega a Dios (FE); el rechazo es una decisión fundamental de clausura (hacer su propia historia; endiosamientos… egoísmo… soberbia…)
4.3.   Dios espera nuestra respuesta, nuestra aceptación “Dios, que te creó sin ti, no te piede salvará sin ti”.
4.4.   Dios ayuda nuestra respuesta a nuestra aceptación. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta”.
4.5.   Dios se manifiesta al hombre latinoamericano en un contexto cultural que es “estilo de vida común” que caracteriza a nuestros pueblos, y que abarca costumbres, lenguas, instituciones y estructuras de convivencia social.
4.6.   Dios quiere que le pidamos Su ayuda.
4.7.   Tener fe es fiarse de Dios, arriesgarse y comprometerse en el proyecto salvador de Dios.
4.8.   Vive la fe en tres planos: con Dios, como Hijo- con los hombres, como hermano- con el mundo, como Señor.
4.9.   Las “palancas” en general, sobre todo la Oración son una fuerza que está en nuestras manos, fuerza basada en la certeza de que Dios nos ama como a hijos.
4.10.                   Cristo y yo Mayoría Absoluta.

5.      SÍNTESIS

5.1.   INTRODUCCIÓN
5.1.1.     Hemos conocido LA VERDA SOBRE EL HOMBRE. Se nos ha hecho un llamado a nuestra vocación humana. Hemos visto la necesidad de tener un ideal.
5.1.2.     Se nos ha presentado la VERDAD SOBRE CRISTO. Se nos ha hecho un llamado a nuestra vocación cristiana, y hemos visto como Cristo y su Gracia deben ser Ideal de todo hombre.
5.1.3.     Nos ha quedado claro que la solución radical y totalizante para todos los problemas que alejan al hombre de Dios está en el Vida de la Gracia. (GSN 13, 27 y 32; Med. 1,3).
5.1.4.     Sabemos que Dios nos creó, nos propuso un Plan, que el hombre en principio rechazó, y que Dios, cuyo amor no tiene límite, en fidelidad a ese Plan nos envió a Su Hijo, con una Nueva Alianza para santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sino constituyendo un Pueblo que le confiese en verdad y le sirva santamente. (LG 9; AG 2)
5.1.5.     Cristo, al morir por nosotros, restablece la comunión del hombre con Dios (DP 188) y restaura la dignidad humana perdida por el pecado (DP 331).
5.1.6.     Dios nos comunica su Vida, la Gracia, en forma gratuita, y frente a ellos, con la libertad que El mismo nos otorga podemos aceptarla o rechazarla.
5.1.7.     La Fe es la aceptación del Plan de Dios por parte del hombre y su compromiso vital con Él. Por ella el hombre se entrega entera y voluntariamente a la Verdad revelada que es Cristo (IFMCC n° 379).

5.2.   IMÁGENES FALSAS DE LA FE
5.2.1.     La FE no es un sentimiento, algo que se queda en emociones o reacciones externas, cuya duración es normalmente efímera, pero que no tienen un contenido vital, profundo y comprometido.
5.2.2.     La Fe no es solo el cumplimiento de normas morales, algo que se debe hacer porque está establecido, pero que en el fondo no se entiende, no se acepta, no se ama ni implica una conversión.
5.2.3.     La FE no es solo la aceptación y profesión de un determinado credo o doctrina, al que se cree sin vivirlo.
5.2.4.     La FE no es no tener dudas, algo que se acepta porque nuestra inteligencia lo entiende. “fe es el coraje de tener dudas” (Cardenal Newman).

5.3.   LA FE
5.3.1.     FE ES LA ACEPTACIÓN PERSONAL LIBRE Y RESPONSABLE, DE LA VIDA DE DIOS QUE SE NOS COMUNICA- POR Y EN CRISTO- GRATUITAMENTE, COMPROMETIÉNDONOS INTEGRALMENTE A VIVIRLA COMO MIEMBROS DEL PUEBLO DE DIOS QUE ES LA IGLESIA.
ACEPTACIÓN PERSONAL LIBRE Y RESPONSABLE: (CIC 23, 142-143 y 150)  Dios se nos ofrece porque quiere que todos los hombres, se salven, pero respeta nuestra libertad. “Dios, que te creó sin ti, no te salvará sin ti” (San Agustin) (DP 321-322) Dios cuenta con nuestra libertad, ayuda nuestra respuesta. Podemos decir SI, y dejamos penetrar por la Gracia y su dinamismo (DP 296). “Hágase en mi según Su Palabra” (Lc. 1, 38). O podemos decir NO, rechazando la Gracia  encerrándonos en nuestro egoísmo.
DE LA VIDA DE DIOS QUE SE NOS COMUNICA- POR Y EN CRISTO- GRATUITAMENTE: Dios mismo- por y en Cristo- se nos ofrece como Ideal total. Nos ofrece Su Vida, con dimensión de eternidad (DP 230). Nos ofrece Su Amor. La Historia de la Salvación es un dialogo de Amor.
COMPROMETIÉNDONOS INTEGRALMENTE A VIVIRLA COMO MIEMBROS DEL PUEBLO DE DIOS QUE ES LA IGLESIA (LBMCC Agustinovich, DP 122). La opción fundamental por el Señor abarca a todo el hombre, dando orientación y sentido a toda su vida para siempre. “¿Señor, que quieres que haga?” Hch. 9, 5). Y, comprometiéndolo como miembro vivo del Pueblo de Dios, donde se aprende a vivir del Pueblo de Dios, donde se aprende a vivir la Fe (DP 274; CIC 145-147).
5.3.2.     Tener FE es fiarse de Dios.
A Dios ni a Cristo lo vemos ni lo palpamos simplemente creemos en Él
Por la FE ponemos nuestra vida y nuestra existencia en Él, porque nos da confianza.
Por la FE, nada tiene sentido sino en referencia a Dios (CIC 150-152)
5.3.3.     Tener FE es arriesgarse en Dios.
Por la Fe sabemos que Dios, no nos va a fallar. “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Fil. 4, 13; CIC 156).
5.3.4.     Tener FE es tener los criterios de Dios.
Por la FE podremos actuar con Dios como hijos, con los hombres como hermanos, con las cosas como señores (DP 241, 242, 322).
Por la FE, SOMOS IGLESIA (CIC 168-169).
María modelo de FE (CIC 148-149).

5.4.   LA FE, DON DE DIOS
5.4.1.     Todo hombre necesita de la ayuda de Dios. “sin mi nada pueden hacer” (Jn. 15, 5). Y Dios quiere que le pidamos Su ayuda: “Pidan y recibirán” (Mt. 7, 7-11; CIC 153).
5.4.2.     Pero el Padre, escrutando los signos de Su Providencia, tiene para cada persona y para cada caso un tiempo y un lugar que sólo Él conoce. No basta con conocer la meta y el camino hacia ella, debemos saber esperar “la hora” del Señor. “Por eso les digo: no se afanen por sus vidas” (Mt. 6, 25-34).
5.4.3.     Por la FE, sabremos estar atentos a la presencia del Señor. Debemos tratar de descubrir al Señor en todo: en las cosas, en los acontecimiento, buenos o malos, felices o tristes, en los signos de los tiempos, en la naturaleza, en el testimonio de los hombres, etc., no dejándolo pasar sin aprovechar Su ayuda (CIC 164-165).
5.4.4.     Para que la FE se fortalezca en el diálogo de amor con Dios, debemos saber escucharlo. “Si queremos que el sol ilumine la estancia de nuestra alma, debemos abrirle la ventana” (Pablo VI, 06.12.73). Debemos saber “hacer” silencio interior en nosotros (CIC 162-175).
5.4.5.     La oración es una de las grandes “debilidades” de Dios. Si la hacemos con humildad, confianza, disponibilidad y aceptación, el Señor estará siempre dispuesto a darnos Su ayuda (DP 895, 905, 907, 910 y 915).

5.5.   LAS PALANCAS
5.5.1.     Sabemos que como hombres somos débiles, que tenemos poca fuerza y que si queremos vencer las dificultades que el mundo nos opone, necesitamos orar.
5.5.2.     Muchas veces, Dios condiciona sus favores y gracias a las oraciones y sacrificios personales y comunitarios de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo (Mt. 17, 23). “Misterio verdaderamente profundo que de las oraciones y voluntarios sacrificios de unos pocos dependa la salvación del mundo” (Pio XII).
5.5.3.     En Cursillo llamamos “palancas” a estas oraciones y sacrificios, los cuales ofrecido con humildad a ese Padre que nos ama, nos ayudarán a conseguir la superación de los obstáculos y resistencias.

5.6.   CONCLUSIÓN
5.6.1.     Dios está permanentemente llamando al hombre, pidiéndole un Si a Su Persona y a Su Plan de Salvación.
5.6.2.     Somos libres para dar nuestra respuesta. De nuestra respuesta depende nuestro desarrollo integral o nuestra frustración humana
5.6.3.     Nuestra respuesta, aún cuando es personal, tendrá siempre una dimensión comunitaria, repercutirá en los demás. SOMOS IGLESIA.
5.6.4.     El Cursillo es una oportunidad que el Señor ha querido darnos para ofrecernos su ayuda. Dios espera de nosotros una respuesta. La respuesta nuestra no es ni puede ser algo intrascendente. Es cuestión de “vida o muerte”-
5.6.5.     ¿Si el Señor está con nosotros, quién estará contra nosotros? (Rom. 8, 31). ¿Quién podrá separarnos del amor de Cristo? (Rom. 8, 35).

ANEXO
 

            Documentos Latino Americanos

Documento de puebla
122. En algunas ocasiones ha habido ciertos conflictos por el modo de integrarse a la pastoral de conjunto o por la insuficiente inserción en ella; por falta de apoyo comunitario, por falta de preparación para su trabajo en el campo social o por falta de madurez para vivir estas experiencias.
230. En esto consiste el «misterio» de la Iglesia: es una realidad humana, formada por hombres limitados y pobres, pero penetrada por la insondable presencia y fuerza del Dios Trino que en ella resplandece, convoca y salva («Fue la voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo y santificándolo para Sí» (LG 9). Este pueblo era figura de la Iglesia, único y definitivo Pueblo de Dios, fundado por Jesucristo.)
241. De la filiación en Cristo nace la fraternidad cristiana. El hombre moderno no ha logrado construir una fraternidad universal sobre la tierra, porque busca una fraternidad sin centro ni origen común. Ha olvidado que la única forma de ser hermanos es reconocer la procedencia de un mismo Padre.
242. La Iglesia, Familia de Dios, es hogar donde cada hijo y hermano es también señor, destinado a participar del señorío de Cristo sobre la creación y la historia. Señorío que debe aprenderse y conquistarse, mediante un continuo proceso de conversión y asimilación al Señor.
274. Para los mismos cristianos, la Iglesia debería convertirse en el lugar donde aprenden a vivir la fe experimentándola y descubriéndola encarnada en otros. Del modo más urgente, debería ser la escuela donde se eduquen hombres capaces de hacer historia, para impulsar eficazmente con Cristo la historia de nuestros pueblos hacia el Reino.
296. María es reconocida como modelo extraordinario de la Iglesia en el orden de la fe (Cf. Mc 3,31-34.). Ella es la creyente en quien resplandece la fe como don, apertura, respuesta y fidelidad. Es la perfecta discípula que se abre a la palabra y se deja penetrar por su dinamismo: Cuando no la comprende y queda sorprendida, no la rechaza o relega; la medita y la guarda (Cf. Lc 2,51.). Y cuando suena dura a sus oídos, persiste confiadamente en el diálogo de fe con el Dios que le habla; así en la escena del hallazgo de Jesús en el templo y en Caná, cuando su Hijo rechaza inicialmente su súplica (Cf. Jn 2,4.). Fe que la impulsa a subir al Calvario y a asociarse a la cruz, como al único árbol de la vida. Por su fe es la Virgen fiel, en quien se cumple la bienaventuranza mayor: «feliz la que ha creído» (Lc 1,45) (Cf. Juan Pablo II, Homilía en Guadalupe: AAS 71 p. 164.).
321. Tiene que revalorarse entre nosotros la imagen cristiana de los hombres; tiene que volver a razonar esa palabra en que viene recogiéndose ya de tiempo atrás un excelso ideal de nuestros pueblos: LIBERTAD. Libertad que es a un tiempo don y tarea. Libertad que no se alcanza de veras sin liberación integral (Cf. Jn 8,36.) y que es, en un sentido válido, meta del hombre según nuestra fe, puesto que «para la libertad, Cristo nos ha liberado» (Gál 5,1) a fin de que tengamos vida y la tengamos en abundancia (Cf. Jn 10,11.) como «hijos de Dios y coherederos con el mismo Cristo» (Rom 8,17).
322. La libertad implica siempre aquella capacidad que en principio tenemos todos para disponer de nosotros mismos (Cf. GS 17.) a fin de ir construyendo una comunión y una participación que han de plasmarse en realidades definitivas, sobre tres planos inseparables: la relación del hombre con el mundo, como señor; con las personas como hermano y con Dios como hijo.
895. La oración particular y la piedad popular, presentes en el alma de nuestro pueblo, constituyen valores de evangelización; la Liturgia es el momento privilegiado de comunión y participación para una evangelización que conduce a la liberación cristiana integral, auténtica.
905. Consideramos como un tesoro la costumbre, existente desde antiguo, de congregarse para orar en festividades y ocasiones especiales. Recientemente la oración se ha visto enriquecida por el movimiento bíblico, por nuevos métodos de oración contemplativa y por el movimiento de grupos de oración.
907. La oración familiar ha sido, en vastas zonas, el único culto existente; de hecho, ha conservado la unidad y la fe de la familia y del pueblo.
910. En el conjunto del pueblo católico latinoamericano aparece, a todos los niveles y con formas bastante variadas, una piedad popular que los obispos no podemos pasar por alto y que necesita ser estudiada con criterios teológicos y pastorales para descubrir su potencial evangelizador.
915. Con mucha frecuencia se han suprimido formas de piedad popular sin razones valederas o sin sustituirlas por algo mejor.
995. Todo el que catequiza sabe que la fidelidad a Jesucristo va unida indisolublemente a la fidelidad a la Iglesia (Cf. EN 16.); que con su labor edifica continuamente la comunidad y transmite la imagen de la Iglesia (Cf. DT 631); que debe hacerlo en unión con los Obispos y con la misión de ellos recibida.

Documento de Medellín
La fe razón de ser de la Iglesia: Y después, haciendo puente entre nosotros y nuestro rebaño, las virtudes teologales asumen para nuestra alma y la del prójimo toda su soberana importancia. Nos hicimos una llamada a la Iglesia para celebrar un “año de la fe", como memoria y homenaje a la fecha centenaria del martirio de los santos Apóstoles Pedro y Pablo, y también a vosotros ha llegado el eco de nuestra solemne profesión de fe. La fe es la base, la raíz, la fuente, la primera razón de ser de la Iglesia, bien lo sabemos.

            Concilio Vaticano II

Constitución Apostólica Lumen Gentium
9. En todo tiempo y en todo pueblo es grato a Dios quien le teme y practica la justicia (cf. Hch10, 35). Sin embargo, fue voluntad de Dios el santificar y salvar a los hombres, no aisladamente, sin conexión alguna de unos con otros, sino constituyendo un pueblo, que le confesara en verdad y le sirviera santamente. Por ello eligió al pueblo de Israel como pueblo suyo, pactó con él una alianza y le instruyó gradualmente, revelándose a Sí mismo y los designios de su voluntad a través de la historia de este pueblo, y santificándolo para Sí. Pero todo esto sucedió como preparación y figura de la alianza nueva y perfecta que había de pactarse en Cristo y de la revelación completa que había de hacerse por el mismo Verbo de Dios hecho carne. «He aquí que llegará el tiempo, dice el Señor, y haré un nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá... Pondré mi ley en sus entrañas y la escribiré en sus corazones, y seré Dios para ellos y ellos serán mi pueblo... Todos, desde el pequeño al mayor, me conocerán, dice el Señor» (Jr 31,31-34). Ese pacto nuevo, a saber, el Nuevo Testamento en su sangre (cf. 1 Co 11,25), lo estableció Cristo convocando un pueblo de judíos y gentiles, que se unificara no según la carne, sino en el Espíritu, y constituyera el nuevo Pueblo de Dios. Pues quienes creen en Cristo, renacidos no de un germen corruptible, sino de uno incorruptible, mediante la palabra de Dios vivo (cf. 1 P 1,23), no de la carne, sino del agua y del Espíritu Santo (cf. Jn 3,5-6), pasan, finalmente, a constituir «un linaje escogido, sacerdocio regio, nación santa, pueblo de adquisición..., que en un tiempo no era pueblo y ahora es pueblo de Dios» (1 P 2, 9-10).
Este pueblo mesiánico tiene por cabeza a Cristo, «que fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra salvación» (Rm 4,25), y teniendo ahora un nombre que está sobre todo nombre, reina gloriosamente en los cielos. La condición de este pueblo es la dignidad y la libertad de los hijos de Dios, en cuyos corazones habita el Espíritu Santo como en un templo. Tiene por ley el nuevo mandato de amar como el mismo Cristo nos amó a nosotros (cf. Jn 13,34). Y tiene en último lugar, como fin, el dilatar más y más el reino de Dios, incoado por el mismo Dios en la tierra, hasta que al final de los tiempos El mismo también lo consume, cuando se manifieste Cristo, vida nuestra (cf. Col3,4), y «la misma criatura sea libertada de la servidumbre de la corrupción para participar en la libertad de los hijos de Dios» (Rm 8,21). Este pueblo mesiánico, por consiguiente, aunque no incluya a todos los hombres actualmente y con frecuencia parezca una grey pequeña, es, sin embargo, para todo el género humano, un germen segurísimo de unidad, de esperanza y de salvación. Cristo, que lo instituyó para ser comunión de vida, de caridad y de verdad, se sirve también de él como de instrumento de la redención universal y lo envía a todo el universo como luz del mundo y sal de la tierra (cf. Mt 5,13-16).
Así como al pueblo de Israel, según la carne, peregrinando por el desierto, se le designa ya como Iglesia (cf. 2 Esd 13,1; Nm 20,4; Dt 23,1 ss), así el nuevo Israel, que caminando en el tiempo presente busca la ciudad futura y perenne (cf. Hb 13,14), también es designado como Iglesia de Cristo (cf. Mt 16,18), porque fue El quien la adquirió con su sangre (cf. Hch 20,28), la llenó de su Espíritu y la dotó de los medios apropiados de unión visible y social. Dios formó una congregación de quienes, creyendo, ven en Jesús al autor de la salvación y el principio de la unidad y de la paz, y la constituyó Iglesia a fin de que fuera para todos y cada uno el sacramento visible de esta unidad salutífera (Cf. San Cipriano, Epist., 69, 6: PL 3, 1.142B; Hartel, 3B p. 754: «Sacramento inseparable de unidad»). Debiendo difundirse en todo el mundo, entra, por consiguiente, en la historia de la humanidad, si bien trasciende los tiempos y las fronteras de los pueblos. Caminando, pues, la Iglesia en medio de tentaciones y tribulaciones, se ve confortada con el poder de la gracia de Dios, que le ha sido prometida para que no desfallezca de la fidelidad perfecta por la debilidad de la carne, antes, al contrario, persevere como esposa digna de su Señor y, bajo la acción del Espíritu Santo, no cese de renovarse hasta que por la cruz llegue a aquella luz que no conoce ocaso.

Decreto “Ad Gentes”
2. La Iglesia peregrinante es misionera por su naturaleza, puesto que toma su origen de la misión del Hijo y del Espíritu Santo, según el designio de Dios Padre. pero este designio dimana del "amor fontal" o de la caridad de Dios Padre, que, siendo Principio sin principio, engendra al Hijo, y a través del Hijo procede el Espíritu Santo, por su excesiva y misericordiosa benignidad, creándonos libremente y llamándonos además sin interés alguno a participar con El en la vida y en la gloria, difundió con liberalidad la bondad divina y no cesa de difundirla, de forma que el que es Creador del universo, se haga por fin "todo en todas las cosas" (1 Cor, 15,28), procurando a un tiempo su gloria y nuestra felicidad. Pero plugo a Dios llamar a los hombres a la participación de su vida no sólo en particular, excluido cualquier género de conexión mutua, sino constituirlos en pueblo, en el que sus hijos que estaban dispersos se congreguen en unidad (Cf. Jn, 11,52).

            Catecismo de la Iglesia Católica

26 Cuando profesamos nuestra fe, comenzamos diciendo: "Creo" o "Creemos". Antes de exponer la fe de la Iglesia tal como es confesada en el Credo, celebrada en la Liturgia, vivida en la práctica de los Mandamientos y en la oración, nos preguntamos qué significa "creer". La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega a él, dando al mismo tiempo una luz sobreabundante al hombre que busca el sentido último de su vida. Por ello consideramos primeramente esta búsqueda del hombre (capítulo primero), a continuación la Revelación divina, por la cual Dios viene al encuentro del hombre (capítulo segundo). Y finalmente la respuesta de la fe (capítulo tercero).
142 Por su revelación, "Dios invisible habla a los hombres como amigo, movido por su gran amor y mora con ellos para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía" (DV 2). La respuesta adecuada a esta invitación es la fe
143 Por la fe, el hombre somete completamente su inteligencia y su voluntad a Dios. Con todo su ser, el hombre da su asentimiento a Dios que revela (cf. DV 5). La Sagrada Escritura llama "obediencia de la fe" a esta respuesta del hombre a Dios que revela (cf. Rom 1,5; 16,26).
145 La carta a los Hebreos, en el gran elogio de la fe de los antepasados insiste particularmente en la fe de Abraham: "Por la fe, Abraham obedeció y salió para el lugar que había de recibir en herencia, y salió sin saber a dónde iba" (Hb 11,8; cf. Gn 12,1-4). Por la fe, vivió como extranjero y peregrino en la Tierra prometida (cf. Gn 23,4). Por la fe, a Sara se otorgó el concebir al hijo de la promesa. Por la fe, finalmente, Abraham ofreció a su hijo único en sacrificio (cf. Hb 11,17).
147 El Antiguo Testamento es rico en testimonios acerca de esta fe. La carta a los Hebreos proclama el elogio de la fe ejemplar de los antiguos, por la cual "fueron alabados" (Hb 11,2.39). Sin embargo, "Dios tenía ya dispuesto algo mejor": la gracia de creer en su Hijo Jesús, "el que inicia y consuma la fe" (Hb 11,40; 12,2).
148 La Virgen María realiza de la manera más perfecta la obediencia de la fe. En la fe, María acogió el anuncio y la promesa que le traía el ángel Gabriel, creyendo que "nada es imposible para Dios" (Lc 1,37; cf. Gn 18,14) y dando su asentimiento: "He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra" (Lc 1,38). Isabel la saludó: "¡Dichosa la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). Por esta fe todas las generaciones la proclamarán bienaventurada (cf. Lc 1,48).
149 Durante toda su vida, y hasta su última prueba (cf. Lc 2,35), cuando Jesús, su hijo, murió en la cruz, su fe no vaciló. María no cesó de creer en el "cumplimiento" de la palabra de Dios. Por todo ello, la Iglesia venera en María la realización más pura de la fe.
150 La fe es ante todo una adhesión personal del hombre a Dios; es al mismo tiempo e inseparablemente el asentimiento libre a toda la verdad que Dios ha revelado. En cuanto adhesión personal a Dios y asentimiento a la verdad que él ha revelado, la fe cristiana difiere de la fe en una persona humana. Es justo y bueno confiarse totalmente a Dios y creer absolutamente lo que él dice. Sería vano y errado poner una fe semejante en una criatura (cf. Jr 17,5-6; Sal 40,5; 146,3-4).
151 Para el cristiano, creer en Dios es inseparablemente creer en aquel que él ha enviado, "su Hijo amado", en quien ha puesto toda su complacencia (Mc 1,11). Dios nos ha dicho que les escuchemos (cf. Mc 9,7). El Señor mismo dice a sus discípulos: "Creed en Dios, creed también en mí" (Jn 14,1). Podemos creer en Jesucristo porque es Dios, el Verbo hecho carne: "A Dios nadie le ha visto jamás: el Hijo único, que está en el seno del Padre, él lo ha contado" (Jn 1,18). Porque "ha visto al Padre" (Jn 6,46), él es único en conocerlo y en poderlo revelar (cf. Mt 11,27).
152 No se puede creer en Jesucristo sin tener parte en su Espíritu. Es el Espíritu Santo quien revela a los hombres quién es Jesús. Porque "nadie puede decir: 'Jesús es Señor' sino bajo la acción del Espíritu Santo" (1 Cor 12,3). "El Espíritu todo lo sondea, hasta las profundidades de Dios...Nadie conoce lo íntimo de Dios, sino el Espíritu de Dios" (1 Cor 2,10-11). Sólo Dios conoce a Dios enteramente. Nosotros creemos en el Espíritu Santo porque es Dios.
La Iglesia no cesa de confesar su fe en un solo Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo.
153 Cuando San Pedro confiesa que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios vivo, Jesús le declara que esta revelación no le ha venido "de la carne y de la sangre, sino de mi Padre que está en los cielos" (Mt 16,17; cf. Ga 1,15; Mt 11,25). La fe es un don de Dios, una virtud sobrenatural infundida por él, "Para dar esta respuesta de la fe es necesaria la gracia de Dios, que se adelanta y nos ayuda, junto con el auxilio interior del Espíritu Santo, que mueve el corazón, lo dirige a Dios, abre los ojos del espíritu y concede `a todos gusto en aceptar y creer la verdad'" (DV 5).
156 El motivo de creer no radica en el hecho de que las verdades reveladas aparezcan como verdaderas e inteligibles a la luz de nuestra razón natural. Creemos "a causa de la autoridad de Dios mismo que revela y que no puede engañarse ni engañarnos". "Sin embargo, para que el homenaje de nuestra fe fuese conforme a la razón, Dios ha querido que los auxilios interiores del Espíritu Santo vayan acompañados de las pruebas exteriores de su revelación" (ibid., DS 3009). Los milagros de Cristo y de los santos (cf. Mc 16,20; Hch 2,4), las profecías, la propagación y la santidad de la Iglesia, su fecundidad y su estabilidad "son signos ciertos de la revelación, adaptados a la inteligencia de todos", "motivos de credibilidad que muestran que el asentimiento de la fe no es en modo alguno un movimiento ciego del espíritu" (Cc. Vaticano I: DS 3008-10).
La fe es un don gratuito que Dios hace al hombre. Este don inestimable podemos perderlo; S. Pablo advierte de ello a Timoteo: "Combate el buen combate, conservando la fe y la conciencia recta; algunos, por haberla rechazado, naufragaron en la fe" (1 Tm 1,18-19). Para vivir, crecer y perseverar hasta el fin en la fe debemos alimentarla con la Palabra de Dios; debemos pedir al Señor que la aumente (cf. Mc 9,24; Lc 17,5; 22,32); debe "actuar por la caridad" (Ga 5,6; cf. St 2,14-26), ser sostenida por la esperanza (cf. Rom 15,13) y estar enraizada en la fe de la Iglesia.
163 La fe nos hace gustar de antemano el gozo y la luz de la visión beatífica, fin de nuestro caminar aquí abajo. Entonces veremos a Dios "cara a cara" (1 Cor 13,12), "tal cual es" (1 Jn 3,2). La fe es pues ya el comienzo de la vida eterna: Mientras que ahora contemplamos las bendiciones de la fe como el reflejo en un espejo, es como si poseyéramos ya las cosas maravillosas de que nuestra fe nos asegura que gozaremos un día ( S. Basilio, Spir. 15,36; cf. S. Tomás de A., s.th. 2-2,4,1).
164 Ahora, sin embargo, "caminamos en la fe y no en la visión" (2 Cor 5,7), y conocemos a Dios "como en un espejo, de una manera confusa,...imperfecta" (1 Cor 13,12). Luminosa por aquel en quien cree, la fe es vivida con frecuencia en la oscuridad. La fe puede ser puesta a prueba. El mundo en que vivimos parece con frecuencia muy lejos de lo que la fe nos asegura; las experiencias del mal y del sufrimiento, de las injusticias y de la muerte parecen contradecir la buena nueva, pueden estremecer la fe y llegar a ser para ella una tentación.
165 Entonces es cuando debemos volvernos hacia los testigos de la fe: Abraham, que creyó, "esperando contra toda esperanza" (Rom 4,18); la Virgen María que, en "la peregrinación de la fe" (LG 58), llegó hasta la "noche de la fe" (Juan Pablo II, R Mat 18) participando en el sufrimiento de su Hijo y en la noche de su sepulcro; y tantos otros testigos de la fe: "También nosotros, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, sacudamos todo lastre y el pecado que nos asedia, y corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe" (Hb 12,1-2).
166 La fe es un acto personal: la respuesta libre del hombre a la iniciativa de Dios que se revela. Pero la fe no es un acto aislado. Nadie puede creer solo, como nadie puede vivir solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. El creyente ha recibido la fe de otro, debe transmitirla a otro. Nuestro amor a Jesús y a los hombres nos impulsa a hablar a otros de nuestra fe. Cada creyente es como un eslabón en la gran cadena de los creyentes. Yo no puedo creer sin ser sostenido por la fe de los otros, y por mi fe yo contribuyo a sostener la fe de los otros.
167 "Creo" (Símbolo de los Apóstoles): Es la fe de la Iglesia profesada personalmente por cada creyente, principalmente en su bautismo. "Creemos" (Símbolo de Nicea-Constantinopla, en el original griego): Es la fe de la Iglesia confesada por los obispos reunidos en Concilio o, más generalmente, por la asamblea litúrgica de los creyentes. "Creo", es también la Iglesia, nuestra Madre, que responde a Dios por su fe y que nos enseña a decir: "creo", "creemos"
168 La Iglesia es la primera que cree, y así conduce, alimenta y sostiene mi fe. La Iglesia es la primera que, en todas partes, confiesa al Señor ("Te per orbem terrarum sancta confitetur Ecclesia", cantamos en el Te Deum), y con ella y en ella somos impulsados y llevados a confesar también : "creo", "creemos". Por medio de la Iglesia recibimos la fe y la vida nueva en Cristo por el bautismo. En el Ritual Romanum, el ministro del bautismo pregunta al catecúmeno: "¿Qué pides a la Iglesia de Dios?" Y la respuesta es: "La fe". "¿Qué te da la fe?" "La vida eterna".
169 La salvación viene solo de Dios; pero puesto que recibimos la vida de la fe a través de la Iglesia, ésta es nuestra madre: "Creemos en la Iglesia como la madre de nuestro nuevo nacimiento, y no en la Iglesia como si ella fuese el autor de nuestra salvación" (Fausto de Riez, Spir. 1,2). Porque es nuestra madre, es también la educadora de nuestra fe.
170 No creemos en las fórmulas, sino en las realidades que estas expresan y que la fe nos permite "tocar". "El acto (de fe) del creyente no se detiene en el enunciado, sino en la realidad (enunciada)" (S. Tomás de A., s.th. 2-2, 1,2, ad 2). Sin embargo, nos acercamos a estas realidades con la ayuda de las formulaciones de la fe. Estas permiten expresar y transmitir la fe, celebrarla en comunidad, asimilarla y vivir de ella cada vez más.
171 La Iglesia, que es "columna y fundamento de la verdad" (1 Tim 3,15), guarda fielmente "la fe transmitida a los santos de una vez para siempre" (Judas 3). Ella es la que guarda la memoria de las Palabras de Cristo, la que transmite de generación en generación la confesión de fe de los Apóstoles. Como una madre que enseña a sus hijos a hablar y con ello a comprender y a comunicar, la Iglesia, nuestra Madre, nos enseña el lenguaje de la fe para introducirnos en la inteligencia y la vida de la fe.
172 Desde siglos, a través de muchas lenguas, culturas, pueblos y naciones, la Iglesia no cesa de confesar su única fe, recibida de un solo Señor, transmitida por un solo bautismo, enraizada en la convicción de que todos los hombres no tienen más que un solo Dios y Padre (cf. Ef 4,4-6). S. Ireneo de Lyon, testigo de esta fe, declara:
173 "La Iglesia, en efecto, aunque dispersada por el mundo entero hasta los confines de la tierra, habiendo recibido de los apóstoles y de sus discípulos la fe... guarda (esta predicación y esta fe) con cuidado, como no habitando más que una sola casa, cree en ella de una manera idéntica, como no teniendo más que una sola alma y un solo corazón, las predica, las enseña y las transmite con una voz unánime, como no poseyendo más que una sola boca" (haer. 1, 10,1-2).
174 "Porque, si las lenguas difieren a través del mundo, el contenido de la Tradición es uno e idéntico. Y ni las Iglesias establecidas en Germania tienen otro fe u otra Tradición, ni las que están entre los Iberos, ni las que están entre los Celtas, ni las de Oriente, de Egipto, de Libia, ni las que están establecidas en el centro el mundo..." (ibid.). "El mensaje de la Iglesia es, pues, verídico y sólido, ya que en ella aparece un solo camino de salvación a través del mundo entero" (ibid. 5,20,1).
175 "Esta fe que hemos recibido de la Iglesia, la guardamos con cuidado, porque sin cesar, bajo la acción del Espíritu de Dios, como un contenido de gran valor encerrado en un vaso excelente, rejuvenece y hace rejuvenecer el vaso mismo que la contiene" (ibid., 3,24,1).

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada